Leonardo Novelo / Architectural Boundaries
Practice & Writings 
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Kult-ur 
La Pesadilla de la Participación (Ongoing)


Review published at Kultur Magazine. Revista Interdisciplinaria sobre la Cultura de la Ciudad: Vol. 3, Núm. 5 (2016) Prácticas artísticas colaborativas en contextos urbanos.

Link: http://www.e-revistes.uji.es/index.php/kult-ur/issue/view/v3n5/showToc

Outsider

Por Leonardo Novelo


I see crowds of people, walking arround a ring.
Thank you. If you see dear Mr. Equitone,
Tell her I bring the horoscope myself:
One must be so careful these days.


T. S. Elliot. ‘The Waste Land’. Capítulo I, ‘The Burial of the Death’.


Brillante, analítico y propositivo, Markus Miessen cierra con ‘La Pesadilla de la Participación’ la trilogía de lo participativo que empezara con ‘¿Alguien dijo participar? Un atlas de prácticas espaciales’ y continuara con ‘La violencia de la participación’. Esta tercera entrega es el despliegue del cuerpo del outsider desinteresado, el personaje de amplio fondo crítico al tiempo que cordial y voluntarioso capaz de dinamitar transformaciones en su entorno.

Aceptémoslo, la democracia inclusiva por áspero que resulte, en ocasiones es perjudicial, pues evita que la responsabilidad sea asumida por alguien. La toma de decisiones y la asimilación de un conflicto para habilitar su elaboración posterior se hace mucho más compleja. Todo queda diluido en lo colectivo, pierde atribución, lo procesal difumina su prontitud, su viveza. La determinación y su resultado devienen estructurales, propios de la red o institución, viciados por la imposibilidad de que alguien tome para sí la obligatoriedad moral de responder con cuidado y atención a su reparación. Y se ha de evitar. Entonces, para limar la aspereza se parte desde un desprendimiento interesantísimo, el que emerge por desarticular la ingenuidad que provoca el anhelo de participación.

Participar, compartir, incluir, coincidir con el otro y tomar parte en algo común son hoy fenómenos en efervescencia constante, pero a veces se han sobre explotado, y se tiende a fagocitar cuanto les rodea, sobre todo porque en estos tiempos de crisis han proliferado como la solución para todos los males. La participación se ha incrustado en la arena de lo político como ente legitimador y en su atribución física en ocasiones como excusa. En la arquitectura y en su vínculo con la antropología urbana se trata de un encaje más corpóreo: participar conlleva transformar –pasar a través de la forma- en una consecuencia definida. La importancia coyuntural reside en mantenerlo en un plano indiferente a las cualidades del resultado de la acción política y se ha de tener presente que el concepto de mayoría no pre condiciona la capacidad crítica de cualquier modo de inclusión. Es en este punto en el cual se incide de manera determinante, para generar marcos de transformación es necesario atender a la participación desde una óptica conflictiva. Resolver no significa tener una dócil facilitación democrática que evada lo áspero sino que conviva con los aspectos cuya violencia –no física- es reconocida como agente esencial en la práctica. Pero el modelo convencional de participación, de índole bienintencionada aunque de política blanda, conlleva que además de la inserción, se acepte que la perspectiva del común tiene –u obtiene- el mismo poder representativo en cualquier punto de una sociedad igualitaria.

Por tanto, Markus Miessen, arquitecto que trabaja en una amalgama diversa de realidades y contextos, propone la figura del Outsider,  El individuo -proactivo y desafiante- que desde fuera del perímetro de una estructura política enviciada y endogámica deviene no sólo el detonante de un cambio conminado sino su motor, resultado de la puesta en práctica por la irrupción de su discurso dentro del léxico público. Para El Outsider, la mayoría no es más inteligente y los conflictos son transformables, o como la politóloga y teórica belga Chantal Mouffé aduce en una lúcida y penetrante conversación con Markus Miessen: transponibles. Entonces, el Outsider tiene como territorio un marco de apertura -no jerárquico- constituido por un nuevo lenguaje en una nueva práctica, fuera de economías existentes. Y es éste el que traspasa el consenso político perverso, interesado e ineficiente, por medio de los mecanismos de participación. Es ineludible, para transformar las cosas, se ha de reparar el cómo desplegar la práctica participativa con estructuras de poder nítidas desde fuera de su(s) ámbito(s) y no desde adentro, con la voluntad de actuación libre de mandato. Entonces, la práctica dispersa, exenta y desinteresada del Outsider estrangula críticamente inquietudes de fondo; las alternativas de participación que eluden la metáfora de la barricada; los modos de praxis espacial ante la realidad socio-política; la actividad como ente polifónico; y por extensión –con interés, aplomo  e incredulidad- lo pertinente de ésta actividad.

Para exponer y argumentar la construcción y ensamblaje de instituciones Outsider de arte público en producciones del espacio independientes y de menor escala, Markus Miessen se vale de proyectos como European Kunsthalle o la Escuela de Invierno de Oriente Medio (encargos realizados durante la presidencia Eslovena del Consejo Europeo en 2008). El estudio riguroso de las formas de participación en ellos le llevaron a una serie de sucesivas entrevistas durante un periodo de tres años con Chantal Mouffé. Desde la concurrencia y a su través, -editadas con precisión quirúrgica- se encumbran las nociones de conflicto, pluralismo, agonía y antagonía –pues todo “nosotros” implica un “ellos”- como las dinámicas de una sociedad con una profunda desafección por las instituciones democráticas, con las cuales dialogará El Outsider para definir su campo de acción y trazar sus múltiples perspectivas. Durante la conversación a propósito de la noción de pluralismo y de reconocer la dimensión del conflicto Chantal Mouffé menciona: “Hay otra concepción del pluralismo –con la que me identifico- que encontramos por ejemplo en Max Weber o en Friedrich Nietzsche. La idea de que el pluralismo implica necesariamente antagonismo, porque todos estos múltiples y diferentes puntos de vista no se pueden reconciliar. Algunos de ellos requieren la negación de otros puntos de vista en conjunto, como componentes de un conjunto armonioso. Aceptar el hecho y la existencia del pluralismo implica, por tanto, aceptar la realidad del antagonismo, del conflicto. Conflicto que es imposible de erradicar, que no se puede reconciliar. De hecho, es lo que yo entiendo como antagonismo.”  Entonces sale a la superficie, para Miessen, que dentro de las prácticas espaciales, El Outsider es el vehículo con el menor número de adscripciones posibles que es capaz de actuar sobre la redefinición de la participación, pues la reconvierte en un modo agonístico (es decir, con posibilidad de encuentro) de participación. Y esta implica la  elección y decisión entre las alternativas irreconciliables y el reconocimiento de puntos de vista enfrentados cuyas “verdades” siempre estarán en conflicto –menuda pesadilla- lo que lleva consigo responsabilidad. Así, el interrogante mayor deja de ser intacto. Es posible proponer una práctica, también arquitectónica, que implique en proyectos espaciales la realidad socio política en una práctica polifónica, que para lidiar con los conflictos, evolucione sus procesos de toma de decisiones. En los que no siempre el objetivo final sea el consenso “total”, sino la proliferación de micropolíticas “parciales” de participación crítica en la producción del espacio. Toda una pesadilla para la producción neoliberal. Slavoj Žižek, entrevistado por Georg Diez y Christopher Roth en What Happened? apunta: “Una de las cosas más repugnantes ocurre cuando tus sueños secretos te son impuestos brutalmente desde el exterior. Tenemos un bonito nombre para un sueño hecho realidad así: se llama pesadilla”.

Miessen, además de aunar conversaciones desde una distancia crítica con el filósofo estadounidense Noam Chomsky, el comisario alemán Felix Vogel, el teórico holandés Roemer van Toorn, la dramaturga, curadora y escritora eslovena Eda Cufer, el arquitecto israelí Eyal Weizman, el artista británico Liam Gillick, o el arquitecto holandés Rem Koolhaas –entre otros-, incluye un diálogo con el crítico y curador suizo Hans Ulrich Obrist a propósito de la introducción de la “ruptura de la máquina de consenso”, por la cual, El Outsider estimula deliberadamente situaciones de conflicto como medio de contribución; una cierta política del disenso que incentiva la práctica espacial crítica y redefine el rol del arquitecto en campos ajenos del conocimiento. Fuera de su perímetro habitual, éste, parte de un modelo que no se desplanta desde el consenso ni pretende la armonía sino que activa diversas zonas de conflicto estratégicamente dispuestas -es decir, mapeadas- a través de la distancia crítica. Y es en éstos coágulos en dónde sucede el desmantelamiento de las preexistencias como nuevos puntos de partida para poner en funcionamiento la producción -desde la óptica arquitectural- de conocimientos alternativos para las instituciones, y su especialización en áreas conflictivas. La fricción implícita a su puesta en escena es una pesadilla en la que no es sano, sino saludable, estar en desacuerdo.

El arquitecto británico Cedric Price en conversación con Hans Ulrich Obrist señala: “…Cuando una cosa se fomenta demasiado, de alguna manera se vuelve respetable, y después de eso, pronto se socializa –no en el sentido político, sino que se convierte en un derecho de todos. Esto es lo que está arruinando a la televisión interactiva, que se ve casi como un derecho. O esos horribles programas de radio, en los que te invitan a llamar para dar tu opinión, lo que permite hacer programas muy baratos, pero tremendamente aburridos para la audiencia. ¡No quiero escuchar lo que cuarenta y cinco personas elegidas al azar, opinan sobre esto o aquello, cuando se les pide que llamen a la radio! porque ha sido extraoficialmente reconocido por los poderes fácticos, y a ello se agarran los que se han dado cuenta que es una forma barata de hacer televisión o radio; que casi todo está justificado solo porque el público puede participar. Y entonces tienes mal teatro, malas películas, mala radio, mala televisión…”

En opinión de Miessen, “la arquitectura es siempre un acto individual basado en un momento de ruptura: una decisión de avanzar una realidad existente”. Se podría decir que, en ocasiones, El Outsider es parte de un relato autobiográfico. Y que sí, éste provoca cambios críticos, desde la participación.